lunes, 26 de agosto de 2013

Crecer duele, y a veces mucho.



     Crecer duele, y a veces mucho...
     Los cambios duelen y esos, normalmente, suelen doler mucho más que crecer:
   
     Recuerdo hace unos años a mi sobrina, mientras decía que le dolían las piernas o las rodillas, o algo así.
     No recuerdo exactamente que parte de su cuerpo era, ni recuerdo claramente como se dio la conversación, sólo recuerdo la que ahora me parece la frase más lógica e inteligente que alguien me ha llegado a decir:

     "Me están creciendo las piernas y por eso me duelen"

     En ese momento y aún ahora cuando lo rememoro, me resulta imposible no sonreírme a mí misma mientras pensaba y pienso, en las cosas que se le pueden pasar a los críos por la cabeza...
   
     A día de hoy, concluyo que tenía razón:

          Crecer duele, y a veces mucho.

     Por eso, hoy cierras la puerta de un  lugar donde dejas alegrías y también tristezas, cierras la puerta de un lugar donde seguramente has llorado mucho pero también has reído; pero la cierras y créeme, hay puertas que una vez que has conseguido cerrarlas es mejor no volverlas a abrir.

     No intentes echar un vistazo por la mirilla  ¿de qué sirve mirar si no vas a poder entrar?
     No intentes abrirla un poco, aunque sea una rendija por la cual intentes pasar a como de lugar. Intentar pasar por la rendija de una puerta es intentar pasar en vano, quizás pases, quizás logres entrar; pero pasar teniendo tan poco espacio para hacerlo, sólo puede provocar que tu piel se arañe, y queden cicatrices perennes.
     Si  intentas pasar teniendo tan poco espacio, puede incluso hacer que te quedes enganchada al picaporte de esa puerta y ya no consigas ir ni hacía adelante ni hacía atrás.
No te quedes estancada a las puertas de una puerta donde podrás ver todo lo que pasa por delante de ella y sin embargo no podrás participar de lo que ves.

    Una puerta semiabierta, no sirve para nada, déjala cerrada, ya lo has hecho, ya diste el portazo y con el probablemente se hayan caído muchos cuadros de la pared; pero hay más cuadros en este mundo con clavos más fuertes para poderlos sujetar.

     Ya lo has hecho, ya la has cerrado, no intentes dar marcha atrás.

    Hace mucho tiempo, una persona muy importante para mí, me dijo que tenía que aprender a romper con las cosas, que las cosas no son eternas y tampoco las relaciones.
    Mientras me lo decía yo no hacía más que llorar y me preguntaba que necesidad había de romper con cosas y personas si éstas nos estaban haciendo bien.
    Supongo que se refería a madurar, a valernos por nosotros mismos o a intentar no sujetarnos siempre al mismo bastón que durante tantas veces nos ayudó a no caernos al suelo.

    Ahora, eres tú la que tiene que soltar ese bastón, ese bastón que más que bastón era una vara de almendro, te sujetaba cuando las cosas en otros sitios no estaban bien, era un apoyo, y estaba ahí para evitar que las caídas doliesen menos, pero esa vara de almendro, tenía salientes (las ramitas pequeñas que habían arrancado para poder usarlo al andar) y esas ramitas se clavan si mientras te agarras para no caer vas deslizando la mano a través de ella.

    Ahora yo, te ofrezco otra vara de almendro, aquí estoy, no puedo ser bastón, porque se como soy y se que a veces te haré daño con mis palabras, aunque al poco me arrepienta y me duela haberte hablado así.

    Intentaré ser un clavo nuevo para ayudarte a mantener tus nuevos cuadros colgados, o una alcayata, dame el uso que tú misma me quieras dar.
    Y puedo ser una ventana, que en ocasiones tendrá los cristales sucios y no te deje ver claramente lo que quieras mirar.

    Pero dame tiempo y date tiempo tú también y una oportunidad para pensar, para rectificar situaciones, para moverte y darte cuenta que hay cosas que se deben cambiar.
   
     Yo te sujeto, aunque a veces te arañe con mis ramitas.
     Yo te ayudo a colgar tus cuadros, aunque a veces se queden torcidos.
     Yo te ayudo a abrir una nueva puerta aunque a veces haya que abrirla a patadas...

 

   

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